EMPRENDER ES UN PROCESO

No tengas miedo a fracasar. Cae, levántate, aprende y sigue tu camino. Esto diferencia a aquellos que logran el éxito de los que nunca llegan a conseguirlo.

No tengas miedo a fracasar. Cae, levántate, aprende y sigue tu camino. Esto diferencia a aquellos que logran el éxito de los que nunca llegan a conseguirlo.

Hoy les voy a compartir cuál fue el camino que me convirtió en emprendedora. Mi proceso se puede dividir en tres etapas:

  • Relación de dependencia
  • Profesional independiente
  • Emprendedora

Empecemos con la primera:

Inicié mi etapa laboral en relación de dependencia, antes de recibirme, allá por el 2008.

Año 2008 – Me recibí de ing. Industrial en la UNLP y me acompañan mis abuelos amados

Mi primer trabajo fue en una consultora enfocada en mejora de procesos, estaba cargada de emoción, alegría y curiosidad. Al principio todo era novedoso y cada hora dedicada me nutría y transformaba. Luego de un tiempo, empecé a sentir el peso de la rutina. Este trabajo quedaba a 60 km del lugar donde vivía y para llegar a horario, debía salir de mi casa a las 6:30 am todos los días; con suerte, regresaba a las 20 hs. Este ritmo comenzó a ser insoportable, no podía sostenerlo. Si bien el trabajo me gustaba mucho y tenía muy buen vínculo con mis compañeros y superiores, me empezó a pesar el cumplimiento de horarios, no podía fluir en los momentos en que se suponía que debía ser creativa. Estaba cansada y sentía que se me iba la vida en esa experiencia. Todo esto me angustió bastante porque siempre fui una persona responsable, cumplía con todo pero gastaba mucha energía.

En ese trabajo duré casi tres años, hasta que pude tomar la decisión de buscar una opción más cercana a mi casa. Conseguí otro puesto en una empresa de logística. En esta oportunidad, la causa fue otra pero el resultado fue el mismo. Nuevamente me costaba sostener la rutina que el trabajo planteaba. Ahora el “problema” eran los desafíos poco interesantes, por lo que, luego de un tiempo, me aburrí y me fui.

Una vez más ingresé en una nueva experiencia laboral; esta vez, lo que no podía soportar era el ambiente, la gente con la que trabajaba, así que volví a la búsqueda de un nuevo desafío.

Como nunca tuve ningún inconveniente para conseguir trabajo, rápidamente lo encontré. Quedaba en la zona donde quería vivir,  el ambiente era agradable y el desafío muy interesante. ¡Me encantaba ese trabajo!, sentía que estaba en la gloria, empecé a echar raíces, me fui a vivir sola, compré mi primer auto. Todo marchó bien durante un tiempo, hasta que volvió la misma sensación de antes, la dinámica de tener que ser proactiva dentro de un margen de tiempo establecido. Esto es lo que más me afectaba…

Comencé con una seguidilla de experiencias que no superaban, en promedio, los 3 años de continuidad laboral (digamos que lo máximo que podía sostener un trabajo en relación de dependencia era ese tiempo).  A pesar de esto, me gustaba asumir responsabilidades; de hecho, una de mis características es que amo trabajar -pero no de cualquier forma-. 

Siempre había algo que me desalentaba: las jornadas intensivas, la falta de iniciativa de algunos jefes, los pocos espacios para expresar lo que pensaba, los desafíos que planteaba el trabajo pero, principalmente, el mayor desmotivador era estar a contracorriente en términos energéticos. Nunca coincidían los horarios de jornada laboral con mis momentos de creatividad y mayor productividad. Tenía ocurrencias a la noche, cuando ya estaba en mi casa. Muchas veces desarrollé una idea a pesar de estar fuera del horario de trabajo; esto me quitaba horas de sueño y, al otro día, aunque lo realizado fuera valioso para la empresa, tenía que ir nuevamente a cumplir con la jornada laboral. Fue lo que más me desgastó, sentir que no era dueña de mi tiempo.

Descubrí que la razón por la cual no estaba cómoda en empleos en relación de dependencia, era no sentirme libre. Empecé a entender que existía una manera de trabajar y hacer las cosas  orgánicamente, es decir, respetando los tiempos y momentos en los cuales mi energía estaba disponible para realizar las tareas requeridas.

En aquel momento, durante la noche era cuando mis ideas brotaban y, para poder bajarlas concretamente, debía escribirlas enseguida y no cortar el flujo de información que venía sin forzarlo. Sin embargo, en los horarios de la mañana, me encontraba con una energía mucho más ejecutiva, ideal para hacer sin tener que detenerme a pensar.

Entender que existe una coherencia entre cómo sentimos en cada momento y los resultados que podemos obtener, fue clave para mi vida. A partir de ahí, tomé la decisión de ser mi propia jefe motivada por ser libre y disponer de mi tiempo.

Luego de tomar esa gran decisión, empezó otro proceso: comprender que trabajar independiente no es lo único a tener en cuenta para sentirse libre en lo laboral.

Continuará…

EMPRENDER ES UN PROCESO

No tengas miedo a fracasar. Cae, levántate, aprende y sigue tu camino. Esto diferencia a aquellos que logran el éxito de los que nunca llegan a conseguirlo.